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Familia montañera

25 Aug

Si alguien dice que tiene finca, mucha gente se imaginará a un colombiano de bien, llegando en su Toyota a una lujosa hacienda ganadera. A todos nos gusta ser prejuiciosos y uno de los resultados de la seguridad democrática fue que los citadinos pensaran que todos los que tienen finca son unos pequeños Uribes.

No, yo no tengo finca. Mis papás tienen finca y no es su casa de veraneo ni su hacienda, es simplemente el lugar donde van a vivir en su vejez. Hay gente que tiene un apartamento en Cali, ellos tienen finca en la zona rural del Valle. Hoy hace 19 años la compraron con unos siete millones y lo que han hecho en esa tierra lo han hecho con sus manos y las manos de la gente de la zona. Ellos no son como yo y sí saben hacer amigos, así que todo el mundo por allá los quiere.

Desde hace 19 años están yendo y viniendo de esa finca. Estamos yendo y viniendo. Más ellos que yo. 19 años que han significado lo más divertido de mi infancia, lo más indiferente de mi adolescencia y lo más nostálgico de mi adultez. Allá íbamos con Ponja, la adorada perra de la casa que era parte de la familia, convivimos con Cachita, la gata que tuvo a Carloto el gato-perro y a Tom, el gato de mi primo Alex. En mi niñez con mi hermana y un amigo muy querido nos revolcábamos en los potreros, nos metíamos en una piscina inflable, nos trepábamos en los árboles de guayaba, cogíamos mangos para comer con sal y limón, perseguíamos gallinas y caminábamos por entre el monte. Mi papá nos hablaba de cómo cuidar los animalitos, sembraba plantas y cuidaba cada árbol como si fuera el último sobre la tierra. Mi mamá regaba su jardín, el jardín que siempre quiso, arreglaba la casa con dedicación y nos preparaba sancochos en fogón de leña.

Y sí, al final como que todos queremos es una vida sencilla. Mis papás llevan 19 años construyéndola. Viéndola concretarse en medio de cambios, turbulencias políticas, violencia y a veces periodos de tranquilidad. Un ventarrón se llevó el techo una vez, unos guerrilleros se metieron a la casa otra, un policía la cogió de escampadero, la casa se cayó del abandono y luego  la casa se levantó de las ruinas con las manos de mi papá y de mi mamá. Hicieron paredes, cambiaron ventanas, arreglaron las puertas, todo sin grandes lujos, pero con mucho trabajo y a su manera. Es el lugar más acogedor del mundo así las paredes todavía no tengan pintura y en los corredores haya cemento de todos los arreglos que están haciendo. Ese es el lugar que huele a casa y donde de verdad me siento cómoda cuando los visito. La casa en Cali no es la casa de mis papás, la casa de ellos es esa finca. Sus vecinos son del campo, porque ellos, aunque han vivido en la ciudad tanto tiempo, en realidad son del campo.

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