Archive | October, 2011

Mamá ¿Dónde Están los Juguetes?

13 Oct

No es navidad, pero ya casi. Estoy como los centros comerciales sacando las pendejadas de navidad cuando ni siquiera ha terminado octubre, pero es que este año tengo mucha ansiedad prenavideña.

Pasa que después de 3 años de estar viviendo en Bogotá mis papás vienen a visitarme. Pasa que ahora estoy “casada” y también vivo con mi hermana. Pasa que mi casa ya parece una casa de verdad. Pasa que quiero que ellos vean todo eso. Y quiero que vengan y sean felices en mi nido. Y quiero que lo tengan todo y piensen que qué buena hija soy. Puede que no resulte así  y que yo haciéndome tantas ilusiones lo que esté haciendo es ponerme la vara muy alta. Puede que todo sea decepción, llanto y drama telenovelesco. Esperemos que no.

Toda esta ansiedad que me tiene escuchando villancicos me ha hecho recordar las navidades familiares y todo lo que he vivido con mis papás: épocas de bonanza y épocas de vacas flacas. De todo se ha vivido y por eso “mamá ¿dónde están los juguetes?” tiene tanta importancia en mi familia. Verán ustedes, mi familia ha sido de chistes crueles siempre. Nos hemos reído de nuestras propias tristezas para no amargarnos el rato y somos bastante pesados entre nosotros para bromear, por ejemplo, una vez con mi mamá le inventamos un hijo por fuera del matrimonio a mi papá para molestar a mi hermana, ella supo la verdad poco después (pocos minutos después) pero ahora cada cumpleaños de mi papá lo llamamos fingiendo ser nuestro hermano bastardo. También cuando mi abuela llama solemos preguntar si es mi abuela viva o Lilia (la muerta) desde ultratumba. Otra cosa que se hace en mi familia es cantarme “el arruinado” de  Gildardo Montoya para hacer alusión a mi hoyo financiero e irresponsabilidad monetaria (aclaro que el regaño con moraleja también ha llegado a mí. No todo es chiste).

Y así, con esa pendejada que solo nosotros nos entendemos llegó una navidad en la que no había plata para regalos. Era época de crisis económica y no me acuerdo si era reciente que mis papás habían vendido la casa porque ya no podían seguirle pagando al banco o si la empresa de mi papá había quebrado… no sé, no me acuerdo en cuál de esas crisis fue. Ese 24 de diciembre nos levantamos a cantar “mamá ¿dónde están los juguetes?” y a reir juntos. Jugamos amigo secreto entre nosotros, hicimos los regalos con nuestras propias manos, nos regalaron calzones o algo así útil y bonito y comimos. Fuimos felices. También nos dormimos temprano porque somos unos ñoños que gustamos de eso de acostarnos en el horario de las gallinas.

Yo amo la navidad y no entiendo cómo puede alguien odiarla. Algunos odiarán su ánimo comercial, pero esa excusa suena a cliché. Ese ánimo es una cuestión individual y si a alguien le molesta lo único que tiene que hacer es no comprar. A mí sí me gusta el comercio y gastar. Me gustan la prima y el bono navideño, me gustan los árboles, pesebres y papá noel, pero lo que más me gusta es que me veo con mi familia y celebramos juntos. Navidad celebra el nacimiento de Cristo y yo soy atea, pero eso no implica que no pueda hacer parte y disfrutar de una tradición cultural y no le veo ninguna contradicción. Yo rezo la novena y sé que ningún ser imaginario me escucha (así como veo El Rey León y lloro cuando se muere Mufasa a sabiendas de que es ficción y los leones no hablan, ni son reyes, ni cantan), pero me hace feliz pasar esos momentos con mi familia.

Y ya. Es octubre y ando comprando bolas para el árbol que todavía no tengo. Por lo pronto me voy a cantar villancicos tristes como “el niño pobre”. Es bueno.