Archive | January, 2012

Confesión

27 Jan

Lilia. Así se llamaba mi abuela. Libia María, decía la cédula, pero ella era Lilia para todos. Mi infancia la tuvo a ella cuidándome, hablándome, rezando conmigo. No sirvió que rezara el rosario porque al final me hice atea, pero sí sirvió para hacerme buena en lo que sea que soy buena. Buena persona, no buena de habilidades.

Lilia sabía cocinar y cantar. Lilia se ponía sus babuchas rosadas en sus pies que tenían juanetes. Lilia a veces decía cosas incoherentes y yo, adolescente, sentía rabia. Rabia estúpida, de adolescente, claro. Lilia ya tenía alzheimer, pero Lilia me quería y yo la quería a ella.

Un día se cayó de un mueble, se quebró una pierna y ya nunca más volvió a la casa porque su alzheimer se agravó  y se enfermó más. Ya a Lilia la tenían que cuidar en un hogar geriátrico y yo no me perdoné no haber cuidado a Lilia. No haber estado a su lado cuando se cayó. No haber podido impedir que se cayera. Yo a nadie le dije que no me lo había perdonado, pero así es. Todavía pienso que pude detener eso y detener todo lo que vino después. El infierno y el sufrimiento para mi mamá, la hija de Lilia, que también se llama Lilia.

Y mi abuela, Lilia, perdió la pierna. Ya no recuerdo cuál porque a veces ni sé cuál es mi derecha o mi izquierda, menos voy a saber de una extremidad ajena. Y Lilia perdió la memoria y yo la perdí a ella. Siento que no la he llorado lo suficiente para lo que en realidad la extraño, porque la extraño desde ese día, desde el día en que se cayó.

Luego Lilia se murió. Fue en mayo, creo. O marzo. Un mes que empieza por M en todo caso. En el mismo mes en que murió su esposo muchos años atrás y en el mismo mes en que murió Ponja, la perra de la casa, que no se llamaba Ponja, sino Sacha, pero es que con tantas Sachas, es mejor llamarse Ponja.

Y entonces yo lloro a Lilia y a Ponja en las noches. Muchas noches. Qué tonto, dirán, llorar a la abuela y a una perra, pero es que Lilia también quería a Ponja. Es así como desde que murieron, desde que me faltan las dos, uno de mis consuelos es imaginarlas juntas y que me cuidan. No, no lo hacen, lo sé, pero cuando no puedo dormir, desde hace muchos años, desde que murió la perra, me gusta imaginar que entran a mi cuarto juntas, Lilia se sienta en mi cama, Ponja se sienta al lado en el piso y las dos me velan el sueño. Así me duermo y me duermo tranquila. Lilia me soba las piernas y Ponja me mira, entonces me duermo y cuando he conciliado el sueño ellas se van pero sabiendo que van a volver cuando las necesite. Cuando yo no pueda dormir o cuando quiera verlas.