Bogotá mata el alma y la envenena

23 May

Yo ya sé lo que siente Carolina Sanín cuando le dan agua que sabe a cañería en los restaurantes de Bogotá, sólo que yo lo siento cuando me subo a un bus o trato de coger taxi. Pobrecita la Sanín y pobrecita yo. Pobrecitos todos cuando nos toca vivir en Bogotá.

Yo llevo muchos años diciéndome que quiero esta ciudad y que me ha dado trabajo. Es verdad y no puedo ser desagradecida. Tengo grandes amigos bogotanos y prometido de esta ciudad también, segunda casa donde mis suegros y mi sueldo es el doble de lo que ganaba en Cali, pero es inevitable transitar por esta ciudad y sentir el odio y la rabia del ambiente de una ciudad hecha a medias en la que siempre hay calles rotas y vías que no crecieron con la demografía. Pero eso no es lo peor y eso no es lo que me mata el alma. Lo que me mata el alma es la rapidez de todo y el afán. Es la gente desesperada que convierte las situaciones incómodas en algo aún más incomodo. Lo que me mata el alma es la actitud de todos nosotros aquí en Bogotá que queremos que todo sea rápido para pasar el menor tiempo posible en tránsito, en el supermercado, en el trabajo. En Bogotá todo es rabia y miedo. A mí me da rabia salir a la calle y chocarme con la gente… y miedo. También me da miedo, porque en cualquier momento puede salir un criminal de las sombras a robarme lo que me ha tocado conseguir con esfuerzo, el esfuerzo de trabajar y el esfuerzo que implica vivir en esta ciudad.

Yo no les voy a decir que tengo la solución a los problemas y tampoco voy a especular sobre política y economía, porque este blog no es para eso, o de pronto sí podría serlo, pero como ya lo he dicho antes, si no le creen a Rothbard y a Hoppe, no me van a creer a mí. Lo único que quiero decir en este momento es que mucha culpa es nuestra por seguir propagando esa rabia en el ambiente, por seguir acosando, por seguir desesperados empujando, mirando mal, lanzando hijueputazos al aire, pitando en el trancón. No es resignarse, es hacerse la vida un poquito más amable mientras uno ahorra y se larga o mientras la ciudad cambia.

Y yo me digo esto a ver si me lo creo y a ver si dejo de quejarme porque el agua no me sale caliente o porque el bus venía lleno o porque la cajera se demora en atenderme. A ver si dejo de amargarme y vivo más como cuando vivía en la costa (aunque allá estaba bronceada).

3 Responses to “Bogotá mata el alma y la envenena”

  1. cpinill May 23, 2012 at 11:53 #

    ¡ya le dije que nada de refundar la patria desde tierra caliente! Por cierto, ¿será que este sentimiento lo tienen los habitantes de todas las grandes ciudades? ¿Pasará lo mismo en Ciudad de México, Nueva York, Tokyo…? ¿O será algo propio de Bogotá?

    • Fabian May 17, 2013 at 14:04 #

      soy colombiano, he vivido 1 año en bogota, 2 años en buenos aires, y seis meses en ciudad de mexico, te puedo decir que las 3 tienen eso en comun por ser grandes ciudades pero para mi bogota es la que mas estres y mas negativismo transmite, ojalá esto cambiara y bogotá se volviera una ciudad amena para vivir.

  2. Lalu May 23, 2012 at 12:03 #

    Todo eso que decís de Bogotá es muy maluco, pero lo que me enerva a mí de esa ciudad es la actitud de “eso no se puede” con la que se niegan a hacer cualquier cosa que no esté descrita paso a paso en un manual de funciones.

    Hace un tiempo me robaron la billetera y tenía que hacer una vuelta en una notaría en Bogotá. Como me habían robado la cédula, llevé la contraseña, el denuncio y el pasaporte, ahí como para tener otro documento que diera fe de quién soy yo.

    Pasé por 7 notarías en Bogotá y en las 7 me dijeron que no, que sin cédula no podía hacer nada, que esa contraseña no les servía, que me fuera todo el día a la registraduría a pedir que me pusieran no sé qué sello, que el pasaporte les importaba un pito, que el denuncio pa qué.

    Llegué a Medellín y en una notaría de aquí pude hacer la vuelta sin problema y con los mismos documentos.

    Otra cosa, relacionada también con lo del manual de funciones, es que nunca toman la iniciativa para informarle a uno que está haciendo mal las cosas, simplemente esperan a que uno llegue hasta su puesto para decir: “ah no, la fila que tenía que hacer era otra, esa de ahí al lado. No puedo hacer nada por usted, ya perdió su media hora parada, vaya gástese otra media hora al otro lado”.

    Cuando uno reclama porque no son capaces de pensar sin el manual, responden que en Bogotá hay mucha gente y que si hicieran eso con uno, lo tendrían que hacer con muchos y que no, gracias, ellos no se van a echar más trabajo encima. Indolencia pura.

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