Archive | August, 2012

Madrugadas de cerebro que no se calla

16 Aug

Hace unos minutos pensaba que si uno se muere el banco pierde porque se queda sin quien le pague la deuda. Lo pensaba porque imaginaba una conversación con alguien del banco que fuera más o menos así:

Asesor: señora, su cuota es de un millón de pesos y usted únicamente consignó 300.000

Deudor: amigo, aunque me hubiera gustado pagarles un millón de pesos, sólo disponía de 300.000. Actualmente tengo 200.000 en la cuenta y me falta pagar servicios y hacer mercado y aunque es tentador consignarles mis escasos 200.000 pesos, es muy probable que si no tengo con qué comer me muero de hambre y si estoy muerta no puedo pagarles.

Asesor: ———

Y luego no supe qué más seguía en la conversación imaginaria porque mi mente ya estaba pensando en qué chévere sería morirse sin tener que morirse. Algo así como fingir la muerte e iniciar una nueva vida en una isla paradisiaca. Yo siempre pienso en islas para todo.

Si finjo mi muerte ahora que estoy comprometida y tengo gatos tendría que llevármelos a ellos también a mi nueva vida en el mar. Yo me imagino fingiendo muriendo y asistiendo a mi propio funeral. Mi familia sabría que estoy viva, pero tendrían que llorar y hacer de cuenta que me extrañan para no levantar sospechas. Mi futuro esposo tendría que cobrar el cheque de las pensiones y luego diría que se va al mar porque no aguanta la pena de mi ausencia y mientras tanto yo lo espero en la isla a la que habré llegado no sé cómo. Cuando él llegue con los gatos nos dedicaremos a alguna labor sencilla como la explotación de turistas o la pesca. Sería como en la isla de Lost, pero sin el monstruo de humo y los saltos en el tiempo.

En la isla a los gatos se les caería el pelo y poco a poco se irían adaptando a ser gatos caribeños. Yo recuperaría mi peso de tierra caliente y andaría en vestido de baño casi todo el día, jugaríamos Zelda y veríamos South Park con el sonido del mar de fondo, comeríamos cangrejo y tomaríamos limonada de coco. Yo me cambiaría el nombre y para los isleños sería Agnes. A Agnes y a Nicolás los casaría un rasta debajo de una palmera.

Y ya. Lo que tengo es insomnio y el futuro esposo está roncando en la habitación. Él dice que son los pelos de gato que hoy lo están haciendo roncar, pero yo creo que siempre ronca y yo no lo noto porque no siempre tengo insomnio. O sea que no es él que no me deje dormir sino que como yo no puedo dormir, noto la roncadera. Lo importante es que en este momento me mata de la angustia saber que mañana (o ahora más tarde) tengo que trabajar y como no he dormido voy a estar hecha un zombi. Como es de esperarse, esa angustia me estresa más y me produce más insomnio así que es un círculo vicioso de querer dormir y no poder dormir por estar preocupada pensando que hay que dormir. No, no sé si eso que dije tiene sentido, pero supongamos que sí. Y vea, ya son casi las 5 de la mañana ¿ya para qué duermo?

A mi isla en el Caribe sólo le faltaría este monstruo, ser casi desierta y el cast de Lost para ser material de ciencia ficción.

Muy Bridezilla y poco wedding planner

15 Aug

Como ya lo he anunciado unas 1.578 veces por acá y en twitter, me voy a casar. Como buena Bridezilla, ya escogí mi vestido y zapatos. Y como mala wedding planner no tengo nada más.

Estoy a 4 meses de mi matrimonio y no tengo nada. Hicimos una lista hace unos meses y luego no la tocamos más. Cambiamos el presupuesto y nos decidimos por algo más modesto y más cercano y aún así seguimos sin hacer nada. Hay que actualizar la lista, mochar cabezas de invitados, re evaluar el presupuesto, ir a que me tomen las medidas del vestido, pero es que salir a eso y sola me da mucha pereza y jartera. Yo no quiero que nadie extraño se meta en mi matrimonio y quiero tener las cosas hechas por mí, pero mágicamente no quiero hacer nada. Quiero que con pensar las cosas ellas se materialicen.

¿Qué tengo y qué sé? sé, por ejemplo, que mis tías no van a ir porque son unas mujeres muy groseras a las que ni tarjeta de participación pienso enviar. Sé cuál es la canción de entrada. Sé que será una ceremonia civil. Sé que a los invitados les daremos pasabocas, coctel y postre y no más. Sé que el que se quiera emborrachar lo hará por su cuenta y con su dinero porque no pienso costear borracheras ajenas. También sé cuál será nuestro primer baile como marido y mujer. Tengo flashes de cosas en mi cabeza, pero no más. Y miedo. Tengo miedo.

El miedo es porque de repente me siento adulta y teniendo que planear cada vez más cosas de adulto y que, aunque llevaba ya años viviendo sola, estas cosas de formar una familia en serio son muy grandes y yo me siento tan chiquita. Ver que mis papás han resuelto todo por su cuenta durante años no ayuda, porque siento que jamás podré ser como ellos que tienen todo bajo control. Yo no tengo nada bajo control, ni mi cerebro, porque para eso está la fluoxetina.

Entonces me toca ver las cosas que he logrado y que he podido organizar. Me toca ver que los gatos no se me han muerto y son saludables, que hago mercado y cocino y tampoco me he muerto yo. Que ya vivo con Nicolás y todo ha sido maravilloso a su lado. Me toca ver esas cosas pequeñas que he podido mantener en medio de mi desorden y no contar las plantas que se me murieron o las deudas que me demoré en pagar porque ahí sí me desanimo. Me toca ver mi casa y mi vida y pensar que a pesar de que tengo más juguetes que los adultos de cuando yo era niña, es una vida organizada y real. Sostenible. Eso: sostenible. Las cosas se sostienen a pesar de mi inestabilidad y eso quiere decir que de pronto no soy tan inestable como me creo.

Lo que tengo que hacer es meterle mano a esto del matrimonio y organizarlo rápido y que las cosas salgan como tengan que salir. Más les vale a los invitados divertirse porque si no lo hacen me sentiré muy triste y serán los culpables de que el psiquiatra tenga que medicarme (más). Si lo invito, por favor diviértase y sea feliz para que yo no quede con traumas después del gran día.

Más o menos así creo que me veré en mi marcha nupcial.

Voy a leer a Paulo Coelho

13 Aug

Esto de estar a los 28 años descubriendo sentimientos es muy  jodido. Me siento quinceañera y por eso me cantaré la canción temática de esa novela o en su defecto Sexy Chambelán de Colibritany.

Yo digo muchas pendejadas y exagero cuando puedo, así que es frecuente que exteriorice amar u odiar cosas y gente que ni conozco, pero en realidad lo que siento es indiferencia. A veces un poco de asco o repulsión, a veces una atracción culposa… cosas así. De amor sí sé y he sabido porque a pesar de lo que mi misantropía parece indicar, yo tengo una familia muy normalita y bella. Muy funcional. Tuve mascotas, papás, hermana y felicidad en mi hogar y por eso ahora esto del matrimonio que estoy viviendo se me hace tan natural.

Y vea, llega uno a los 28 y siente odio por primera vez. Yo no sabía que era virgen con respecto a ese sentimiento, pero sí. Y les digo, no es bonito ni divertido. El odio no es como yo lo esperaba. Uno cree que se va a burlar y que se va a reír o que se va a sentir bien deseando el mal, pero no. Uno se siente como marchito y con rabia perpetua. No es chévere. Me quedo con el odio exagerado, el de mentiritas. El odio que olvido cuando llego a casa, porque el odio real no se olvida. Uno lo carga a donde vaya como un feto malformado pegado de la cabeza igual al de la enfermera Gollum y al menos la enfermera Gollum podía divertir a otros con su graciosa deformidad. El odio que yo cargo no divierte porque es un feto metafórico y nadie lo ve, en cambio yo soy una loca que sabe que está ahí y ahora anda con paranoia por andar cargando engendros indeseados.

Por eso, si usted sabe cómo me quito este feto de la cabeza y dejo de odiar, dígame. Yo no soy muy zen que digamos, pero hasta eso puedo intentar. Denme tácticas que es que ya me estoy empezando a sentir triste por mí y por mi propia imbecilidad al dejar que se incubara semejante alien en mí.

Under the sea

10 Aug

Serrat le canta al Mediterráneo. Dice que su vínculo con el mar es porque  él nació en el Mediterráneo y entonces yo me pregunto de dónde salió mi vínculo con el mar si nací en una horrorosa y caliente ciudad del Valle del Cauca. Allá no hay mar, no hay playa, no hay nada. Nada bueno, al menos. Hay bicicletas y gente. Calles feas, pollerías, buses y gente. Más gente. Con mi mejor amiga le llamábamos en nuestra infancia el huequito del infierno y aún me sigue pareciendo un huequito del infierno al que si me es posible no volver, no volveré.

Lo gracioso del asunto es que luego viví en un pueblo peor pero allá sí me amañé. Tumaco es, a todas luces, peor que Palmira y que cualquier roto del Valle, pero tenía cierta magia en mi vida. La magia es el mar y esto es algo que no comprendo muy bien yo misma, pero levantarse, salir a la puerta y oler el mar me llenaba de vitalidad y felicidad. Me dirán que lo que pasa es que no conozco la “verdadera” Tumaco que está plagada de pobreza, mafia, paramilitares y abandono del Estado (o peor que el abandono, explotación del Estado). Me dirán que es que no sé que muchas casas de allá no tienen acueducto y sus baños son letrinas en palafitos, que lo que pasa es que yo vivía en una base naval y trabajaba con biólogos y doctores en oceanografía, entonces no sé nada de la verdad. Cierto es. Yo volvería a Tumaco, pero a vivir en las condiciones en las que me encontraba en ese entonces, no a rebuscarme la vida como un lugareño más, aunque de cierta forma a los lugareños les funciona su sistema, no sé, pero no voy a hablar de eso ahora y tal vez nunca en este blog.

Lo que quiero decir con este post tan inútil es que el mar está en mí y no sé por qué. No sé qué configuración cerebral tengo que hace que el mar me haga feliz y que las ciudades sin mar me maten un poco por dentro, que Cali y Bogotá me hagan sufrir, mientras que Tumaco o San Andrés me hagan sonreír. Soy un animalito marino que quiere vivir en la costa, que necesita de ella para no marchitarse, que necesita respirar sal para que la presión no se le suba y los pulmones no se le revienten. Llevenme al mar. No necesito verlo todos los días ni meterme en él. Sólo necesito saber que está ahí con sus olas golpeando las rocas y la arena. Necesito el mar que es mejor que el prozac, porque el mar lo cura todo, como Futurama. Cura las penas del corazón y los dolores físicos. Cura las heridas del alma y en este momento tengo el alma muy herida, así que necesito mucho mar.