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Dear Diary

9 Jul

Today I am writing this in English and the reason is very simple: I don’t want my parents to worry about me. I don’t want them to think there is something wrong. But there is.

 

Truth be told, I’ve been depressed for a while now. I’m already used to having ups and downs but this time down isn’t going up and it feels like I have to drag myself to do the usual daily tasks. I drag myself from bed, I drag myself to work, I drag myself home again and so on. I try to put a smile on my face and laugh because I believe that maybe I can fool myself into feeling good but it hasn’t been possible. I try hard to fool myself but I guess I’m not that stupid.

 

And yes, I know depression lies, I know there is a bright world outside my dark mind and I know nothing horrible is going on and yet I can’t find reasons to be joyful, happy or even relaxed. I’ve read that my new anti-seizure meds can cause depression, hallucinations and more side effects and currently I really hope it’s that and not that Prozac stopped working for me. I need to go to the doctor, I know, but I’ve been too much to the doctor lately (with my brain aneurysm and all that I had to live last year). I think I probably need a shrink, but I need the neurologist first and it sucks to think about so many doctor appointments I need to get just to fix a little switch in my brain.

 

My brain is all fucked up. I guess it has always been like that and I’ve managed to live with it. It’s not like I’m going to flirt with suicide. I don’t want to kill myself; I just want to stop living. So that’s exactly how I feel right now: without any will to live. Without hope and it also drives me mad because there is no reason to be hopeless. I have a beautiful marriage, awesome parents, three cute cats, a nice job, videogames and books and still life doesn’t seem worth living.

 

Maybe that is what gets me angry the most: my inability to shake this depression away with all the good things I have. I don’t want to seem ungrateful, but I am. I don’t even know whom should I be thankful to because I don’t believe in God, but at least I should be able to be grateful to the people that stand by my side everyday. I guess this too shall pass, like so many depression periods before this one and many ones that will come. Rationally I KNOW the world is not bad and I KNOW this is just the lack of serotonin talking, but emotionally FEELS a little bit different. It feels like a tunnel with no way out. A tunnel that you walk and just takes you deeper and deeper into some unknown darkness. Like a bottomless pit that you know can’t possibly be bottomless, but totally feels like it. You just want to reach the bottom and find a way out but instead you keep falling and falling. This sucks. Stupid bottomless pit. Stupid dark tunnel.

 

Writing this is a way to let my feelings out so that they don’t drown me. I’m not looking for help or trying to get attention. I just wanted to post this so that maybe by letting words come out I can feel the brightness come in again.

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Mi cerebro se activa a horas insospechadas

28 Jun

A mí a veces me da por pelear y alegar. A veces eso pasa a las 2:55 de la mañana y entonces me despierto y encuentro en mi cabeza algún motivo absurdo para armar problema y con seguridad lo encuentro. Lo mejor de todo es que me convenzo a mí misma de lo justo de mi pelea para poder llorar e indignarme de verdad. Lo bueno de ser yo es que, aún estando equivocada, estoy absolutamente convencida de que tengo la razón y eso hace más fácil pelear. Lo malo de ser yo es que no me dura mucho. Como cuando fui socialista en mi adolescencia, que me hice creer que era justo, pero poco tiempo después supe que no. Entonces me siento estúpida y autoengañada, aunque antes de sentirme estúpida paso por un periodo de tiempo en el que dos partes de mí riñen en mi cabeza, cada una con argumentos perfectamente racionales: “oiga, usted sí es muy boba pelear por eso ¿en serio está peleando por eso?” “pero tengo razón. Lo lógico es empacar la comida de los gatos en una bolsa verde. Si la empacan en la bolsa blanca nadie va a saber que es comida para gatos. Es la convención del hogar. hay que hacerle caso y hay que implementar la regla” “¿en serio? PERRA, ¿EN SERIO?” y ahí sí me siento muy pendeja.

A mí me da pesar con el esposo lechuza tener que aguantar eso, pero se me quita el pesar cuando recuerdo que él me escogió, así que ya debía saber a qué se atenía y si no, que sufra las consecuencias de pedirme matrimonio.

Esta madrugada lo desperté y el pobre descorazonado me preguntó que por qué me activaba a una hora tan absurda. Yo hice lo que más sé hacer: ser dramática, decir sandeces, buscar respuestas racionales a mi propia estupidez y luego, tras sentirme estúpida, me puse a pensar en Dragon Ball. Porque eso es lo que hago: para alejarme de mi propia imbecilidad divago y me hago preguntas filosóficas sobre cultura popular. Eso desconcierta un poco al esposo lechuza, pero yo creo que cuando llevemos 20 años de casados ya se habrá acostumbrado. Eso o divorciado.

Para terminar les dejo la duda que me planteé anoche y que discutimos luego con el esposo lechuza hasta eso de las 4 de la mañana: ¿uno se toma la molestia de reunir las 7 esferas del dragón para pedirle a Shenlong SÓLO UN DESEO? Arriesga su vida para pedir UN DESEO. UNO. ¿Por qué? Si yo convocara a Shenlong y le pudiera pedir un deseo, le pediría pesar 50 kilos para siempre sin importar lo que coma. A menos que muera buscando las esferas, en ese caso no podría pedir nada porque estaría muerta y le tocaría a mis allegados reunir las esferas para revivirme.

Una madrugada que se pasa pensando en Shenlong no es una madrugada perdida. Al menos ya sé qué le voy a pedir cuando reúna las 7 esferas.

Familia montañera

25 Aug

Si alguien dice que tiene finca, mucha gente se imaginará a un colombiano de bien, llegando en su Toyota a una lujosa hacienda ganadera. A todos nos gusta ser prejuiciosos y uno de los resultados de la seguridad democrática fue que los citadinos pensaran que todos los que tienen finca son unos pequeños Uribes.

No, yo no tengo finca. Mis papás tienen finca y no es su casa de veraneo ni su hacienda, es simplemente el lugar donde van a vivir en su vejez. Hay gente que tiene un apartamento en Cali, ellos tienen finca en la zona rural del Valle. Hoy hace 19 años la compraron con unos siete millones y lo que han hecho en esa tierra lo han hecho con sus manos y las manos de la gente de la zona. Ellos no son como yo y sí saben hacer amigos, así que todo el mundo por allá los quiere.

Desde hace 19 años están yendo y viniendo de esa finca. Estamos yendo y viniendo. Más ellos que yo. 19 años que han significado lo más divertido de mi infancia, lo más indiferente de mi adolescencia y lo más nostálgico de mi adultez. Allá íbamos con Ponja, la adorada perra de la casa que era parte de la familia, convivimos con Cachita, la gata que tuvo a Carloto el gato-perro y a Tom, el gato de mi primo Alex. En mi niñez con mi hermana y un amigo muy querido nos revolcábamos en los potreros, nos metíamos en una piscina inflable, nos trepábamos en los árboles de guayaba, cogíamos mangos para comer con sal y limón, perseguíamos gallinas y caminábamos por entre el monte. Mi papá nos hablaba de cómo cuidar los animalitos, sembraba plantas y cuidaba cada árbol como si fuera el último sobre la tierra. Mi mamá regaba su jardín, el jardín que siempre quiso, arreglaba la casa con dedicación y nos preparaba sancochos en fogón de leña.

Y sí, al final como que todos queremos es una vida sencilla. Mis papás llevan 19 años construyéndola. Viéndola concretarse en medio de cambios, turbulencias políticas, violencia y a veces periodos de tranquilidad. Un ventarrón se llevó el techo una vez, unos guerrilleros se metieron a la casa otra, un policía la cogió de escampadero, la casa se cayó del abandono y luego  la casa se levantó de las ruinas con las manos de mi papá y de mi mamá. Hicieron paredes, cambiaron ventanas, arreglaron las puertas, todo sin grandes lujos, pero con mucho trabajo y a su manera. Es el lugar más acogedor del mundo así las paredes todavía no tengan pintura y en los corredores haya cemento de todos los arreglos que están haciendo. Ese es el lugar que huele a casa y donde de verdad me siento cómoda cuando los visito. La casa en Cali no es la casa de mis papás, la casa de ellos es esa finca. Sus vecinos son del campo, porque ellos, aunque han vivido en la ciudad tanto tiempo, en realidad son del campo.

Mi Chewbacca

22 Jul

Yo tengo un Wookie.

Alguna vez leí que todos necesitamos un Chewbacca, porque todos somos Han Solo. Todos necesitamos un wookie que nos cuide, que esté con nosotros y que nos quiera. Mi wookie me protege, me regaña, me quiere. Mi wookie es mi Wilson y yo soy House. O Watson y yo soy Holmes. Como sea.

Yo soy House que se autosabotea, que le habla mal a todos, que muchos no quieren por hijueputa. Ella es Wilson que se queda ahí a pesar de todo eso, porque ella sabe cómo soy en realidad: una nenita chillona muy sensible. Yo, con ínfulas de autosuficiente, me suelo pegar unas caídas que sólo ella y mi familia conocen. Yo, tan machita y tan peleonera, me derrumbo con unos soplidos tan pendejos, pero ella siempre está ahí para recogerme. Y viceversa. Porque yo también soy el Chewbacca de ella y su Wilson. A veces se cambian los papeles.

Y nada, este post no es para nada. Es un agradecimiento público a mi Chewbacca, porque hoy me siento especialmente sensible y porque la quiero. Porque es mi alma gemela y porque yo no sé qué sería de mí sin ella. Incluso con los cambios de mi vida, yo siento que siempre la voy a necesitar, así ella en algunas ocasiones no lo crea así.

Aunque tengo una persona-wookie, algún día quiero tener un wookie de verdad.

Ya no quiero ser Agnes

7 Mar

Agnes huyó de su marido y de su hija. Agnes huyó de la monotonía y la tranquilidad. Yo he sido Agnes y no quiero ser ella nunca más.

El tatuaje de mi brazo izquierdo dice “No alarms and no surprises” porque es la vida que quiero tener y más que la vida que quiero tener, es la vida que quiero querer. Suena extraño, pero así es.  Es que me pasa siempre: cuando llego a la estabilidad enloquezco y huyo. Salgo corriendo a que me pase algo a ver si mi vida mejora. Nunca pasa nada y nunca mejora. Es más, tiende a empeorar.

Son las 6 de la tarde de un frío día en Bogotá. Es marzo y siento la tranquilidad llegar a mi vida nuevamente. Me siento feliz pero también atemorizada. Tengo miedo de mí y de mi habilidad para autosabotearme.

Agnes quiere dejar de ser Agnes. Agnes no quiere huirle a la felicidad esta vez. Agnes no se quiere sabotear. Agnes quiere, por fin, tener familia y una vida normal con esposo, hijos, gatos, perros, finca, casa, carro. Agnes quiere dejar de escribir como si todo fuera un telegrama.

Esta mujer también se llama Agnes pero a esta sí no me parezco. Agnes no quiere ser Agnes Skinner.