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Voy a leer a Paulo Coelho

13 Aug

Esto de estar a los 28 años descubriendo sentimientos es muy  jodido. Me siento quinceañera y por eso me cantaré la canción temática de esa novela o en su defecto Sexy Chambelán de Colibritany.

Yo digo muchas pendejadas y exagero cuando puedo, así que es frecuente que exteriorice amar u odiar cosas y gente que ni conozco, pero en realidad lo que siento es indiferencia. A veces un poco de asco o repulsión, a veces una atracción culposa… cosas así. De amor sí sé y he sabido porque a pesar de lo que mi misantropía parece indicar, yo tengo una familia muy normalita y bella. Muy funcional. Tuve mascotas, papás, hermana y felicidad en mi hogar y por eso ahora esto del matrimonio que estoy viviendo se me hace tan natural.

Y vea, llega uno a los 28 y siente odio por primera vez. Yo no sabía que era virgen con respecto a ese sentimiento, pero sí. Y les digo, no es bonito ni divertido. El odio no es como yo lo esperaba. Uno cree que se va a burlar y que se va a reír o que se va a sentir bien deseando el mal, pero no. Uno se siente como marchito y con rabia perpetua. No es chévere. Me quedo con el odio exagerado, el de mentiritas. El odio que olvido cuando llego a casa, porque el odio real no se olvida. Uno lo carga a donde vaya como un feto malformado pegado de la cabeza igual al de la enfermera Gollum y al menos la enfermera Gollum podía divertir a otros con su graciosa deformidad. El odio que yo cargo no divierte porque es un feto metafórico y nadie lo ve, en cambio yo soy una loca que sabe que está ahí y ahora anda con paranoia por andar cargando engendros indeseados.

Por eso, si usted sabe cómo me quito este feto de la cabeza y dejo de odiar, dígame. Yo no soy muy zen que digamos, pero hasta eso puedo intentar. Denme tácticas que es que ya me estoy empezando a sentir triste por mí y por mi propia imbecilidad al dejar que se incubara semejante alien en mí.

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Under the sea

10 Aug

Serrat le canta al Mediterráneo. Dice que su vínculo con el mar es porque  él nació en el Mediterráneo y entonces yo me pregunto de dónde salió mi vínculo con el mar si nací en una horrorosa y caliente ciudad del Valle del Cauca. Allá no hay mar, no hay playa, no hay nada. Nada bueno, al menos. Hay bicicletas y gente. Calles feas, pollerías, buses y gente. Más gente. Con mi mejor amiga le llamábamos en nuestra infancia el huequito del infierno y aún me sigue pareciendo un huequito del infierno al que si me es posible no volver, no volveré.

Lo gracioso del asunto es que luego viví en un pueblo peor pero allá sí me amañé. Tumaco es, a todas luces, peor que Palmira y que cualquier roto del Valle, pero tenía cierta magia en mi vida. La magia es el mar y esto es algo que no comprendo muy bien yo misma, pero levantarse, salir a la puerta y oler el mar me llenaba de vitalidad y felicidad. Me dirán que lo que pasa es que no conozco la “verdadera” Tumaco que está plagada de pobreza, mafia, paramilitares y abandono del Estado (o peor que el abandono, explotación del Estado). Me dirán que es que no sé que muchas casas de allá no tienen acueducto y sus baños son letrinas en palafitos, que lo que pasa es que yo vivía en una base naval y trabajaba con biólogos y doctores en oceanografía, entonces no sé nada de la verdad. Cierto es. Yo volvería a Tumaco, pero a vivir en las condiciones en las que me encontraba en ese entonces, no a rebuscarme la vida como un lugareño más, aunque de cierta forma a los lugareños les funciona su sistema, no sé, pero no voy a hablar de eso ahora y tal vez nunca en este blog.

Lo que quiero decir con este post tan inútil es que el mar está en mí y no sé por qué. No sé qué configuración cerebral tengo que hace que el mar me haga feliz y que las ciudades sin mar me maten un poco por dentro, que Cali y Bogotá me hagan sufrir, mientras que Tumaco o San Andrés me hagan sonreír. Soy un animalito marino que quiere vivir en la costa, que necesita de ella para no marchitarse, que necesita respirar sal para que la presión no se le suba y los pulmones no se le revienten. Llevenme al mar. No necesito verlo todos los días ni meterme en él. Sólo necesito saber que está ahí con sus olas golpeando las rocas y la arena. Necesito el mar que es mejor que el prozac, porque el mar lo cura todo, como Futurama. Cura las penas del corazón y los dolores físicos. Cura las heridas del alma y en este momento tengo el alma muy herida, así que necesito mucho mar.

Familia montañera

25 Aug

Si alguien dice que tiene finca, mucha gente se imaginará a un colombiano de bien, llegando en su Toyota a una lujosa hacienda ganadera. A todos nos gusta ser prejuiciosos y uno de los resultados de la seguridad democrática fue que los citadinos pensaran que todos los que tienen finca son unos pequeños Uribes.

No, yo no tengo finca. Mis papás tienen finca y no es su casa de veraneo ni su hacienda, es simplemente el lugar donde van a vivir en su vejez. Hay gente que tiene un apartamento en Cali, ellos tienen finca en la zona rural del Valle. Hoy hace 19 años la compraron con unos siete millones y lo que han hecho en esa tierra lo han hecho con sus manos y las manos de la gente de la zona. Ellos no son como yo y sí saben hacer amigos, así que todo el mundo por allá los quiere.

Desde hace 19 años están yendo y viniendo de esa finca. Estamos yendo y viniendo. Más ellos que yo. 19 años que han significado lo más divertido de mi infancia, lo más indiferente de mi adolescencia y lo más nostálgico de mi adultez. Allá íbamos con Ponja, la adorada perra de la casa que era parte de la familia, convivimos con Cachita, la gata que tuvo a Carloto el gato-perro y a Tom, el gato de mi primo Alex. En mi niñez con mi hermana y un amigo muy querido nos revolcábamos en los potreros, nos metíamos en una piscina inflable, nos trepábamos en los árboles de guayaba, cogíamos mangos para comer con sal y limón, perseguíamos gallinas y caminábamos por entre el monte. Mi papá nos hablaba de cómo cuidar los animalitos, sembraba plantas y cuidaba cada árbol como si fuera el último sobre la tierra. Mi mamá regaba su jardín, el jardín que siempre quiso, arreglaba la casa con dedicación y nos preparaba sancochos en fogón de leña.

Y sí, al final como que todos queremos es una vida sencilla. Mis papás llevan 19 años construyéndola. Viéndola concretarse en medio de cambios, turbulencias políticas, violencia y a veces periodos de tranquilidad. Un ventarrón se llevó el techo una vez, unos guerrilleros se metieron a la casa otra, un policía la cogió de escampadero, la casa se cayó del abandono y luego  la casa se levantó de las ruinas con las manos de mi papá y de mi mamá. Hicieron paredes, cambiaron ventanas, arreglaron las puertas, todo sin grandes lujos, pero con mucho trabajo y a su manera. Es el lugar más acogedor del mundo así las paredes todavía no tengan pintura y en los corredores haya cemento de todos los arreglos que están haciendo. Ese es el lugar que huele a casa y donde de verdad me siento cómoda cuando los visito. La casa en Cali no es la casa de mis papás, la casa de ellos es esa finca. Sus vecinos son del campo, porque ellos, aunque han vivido en la ciudad tanto tiempo, en realidad son del campo.

No Alarms and No Surprises

10 Aug

Algún día voy a empezar a hacer ejercicio. Algún día voy a empezar a ser ordenada. Algún día voy a empezar a ahorrar. Algún día voy a dejar de comer porquerías. Todos los días me digo “hoy será ese día”, pero nunca lo es. Lo único que he logrado es dejar de fumar y ya ni me acuerdo por qué fue.

Mi vida está llena de esas cosas que quiero hacer y hay varias categorías: lo que quiero hacer y es sacrificio, lo que quiero hacer y es liberador, lo que quiero hacer y soy muy pobre para hacerlo. En la categoría de liberador está el salir corriendo que cada tanto me da. Me suelo decir: algún día voy a salir corriendo y me voy a vivir a una isla. Mucha imbécil yo. Claro que no me voy a ir a una isla. Eso no es racional. Pero venga, liberador sí sería. ¿Uno por qué no nació en cuna de oro? Si hubiera nacido en cuna de oro ya la habría vendido para pagar la deuda e irme a vivir al Caribe o al Mediterráneo. Lo que me ata a esta ciudad son las deudas y el tener que ser productiva, lo que yo quiero en realidad es una vida sencilla. No necesito excentricidades, a excepción de un enano mayordomo o mono mayordomo. Es que yo soy muy básica y algunos dirían que hasta aburrida, aunque como le dije a una amiga recientemente: “aburrida no soy, soy muy divertida. Soy tan divertida que no necesito salir de juerga para estar contenta”. Lo que pasa es que me divierto sola y barato. Mientras tenga mi Kindle con muchos libros, internet y temporadas de buenas series de tv, puedo sobrevivir. Y comida. Esas cosas no son tan caras y en mis momentos de hoyo financiero lo he podido comprobar.

Algún día me iré de la gran ciudad a la que no necesito porque  soy muy huraña y me la quiero pasar en mi casa quieta sin que nadie me moleste. No quiero el ruido y no quiero a la gente. No quiero mezclarme y socializar cada viernes. Quiero irme a una isla. Algún día me iré a una isla con los gatos. Algún día cuando haya pagado Icetex, haya trabajado harto y haya ahorrado para no depender del fondo de pensiones. Algún día, después de que haya tenido hijos, los haya criado y haya hecho esas otras cosas de las listas de cosas por hacer. Algún día voy a vivir mi vida No Alarms And No Surprises. 

De los tatuajes que tengo, este es el que mi mamá más odia, pero es el que más quiero. Es sobre eso. sobre la vida que quiero.

Si yo fuera Rosemary

15 Feb

Si hay algo que nos enseña El Bebé de Rosemary es que los malditos ancianos son siniestros. No es que necesitemos ver esa película para comprobarlo, basta con ir a Carulla  y verlos hacer mercado estorbando. O subirse a un bus y ver cómo los desgraciados creen que tienen derecho a todos los puestos.

Esos claros ejemplos son la mejor prueba de que los ancianos tienen una clase de convenio con el demonio. No sé, tal vez le consiguen jovencitas vírgenes, contratos con bandas de metal y entre otras cosas, por supuesto, la mujer que engendrará a su primogénito. El Jesucito del mal.  Ya no confío en mi abuela, viejita solapada que seguro hace misas negras en la sala de su casa.

Aun así, querría yo irme a vivir a un edificio lleno de viejitos diabólicos y caerles en gracia. De pronto eso los hace pensar que soy buena candidata para llevar en mi vientre el fruto de los satánicos espermatozoides del amo de las tinieblas. Y entonces les pediría cosas. No muchas para que no se vayan a buscar a otra cándida joven. Buscaría una negociación y además sólo pediría cosas que serían muy fáciles para el diablo. Podría pedirle, por ejemplo, ser dueña de la empresa donde trabajo. Yo llegaría a trabajar haciéndoles creer a todos que soy una empleada más y cuando mi jefe me pusiera a hacer una de esas cosas que no me competen y no quiero hacer respondería con un simple no. Me pasaría todo el día desesperando a mis superiores, para al final, descubrirles que están todos despedidos.

Si yo fuera dar a luz al hijo del demonio, me llenaría de dicha llevando a cabo todo tipo de venganzas pueriles, aunque probablemente no podría vengarme de la viejita siniestra que vive en el edificio y decidió que cada gotera de su apartamento es mi culpa. Ella seguro es más aliada de Satanás de lo que yo podría llegar a ser.

Y dinero. También le pediría dinero al diablo.