Archive | September, 2015

Loss.

20 Sep

I told him he could leave. I told him it was ok to go and I asked him to do what would end his pain, even if it meant more pain for me.

And so Aníbal left. Without help. And left me wondering why did this happen to him and what did I do wrong. Why couldn’t I save him or take his pain away. Why couldn’t I feel his pain instead of him so that his last hours were not filled with agony.

We were going to the veterinary to get some help for his pain. He was struggling to breathe and to move and he did so much for me during his 8 years on this planet that I knew he didn’t deserve to suffer. But he died before we got there. When I found out he wasn’t breathing I could only cry and yell and demand an answer from the heavens. An answer from the god I don’t believe in. An answer from any god I don’t believe in. We decided to take him to the country house where he would be buried next to my sister’s dog and so we (my dad, my mum and I) started the painful journey. I kept him in my arms the whole time. I held him close to me. Carefully. With love. Protecting him as if he were still alive. Making sure the bumps on the road wouldn’t bother him. Nothing could bother him anymore, I know, but I decided I was going to keep taking care of his little body even now that it was getting colder and stiffer. I cried the whole time and kept talking to him. Kissed him. Held his paw.

When we got to the country house my dad helped me get out of the car. I walked down and went to my bedroom carrying my little cat with me. My mum gave me a blanket so I put him on the bed and wrapped him. I kept holding him and decided I would keep him close to me until there was no other choice. I sat outside in the corridor waiting for the hole to be dug. Every second was a second closer to goodbye. So I kept holding him and crying and talking. I kept him close to me. His final resting place was ready and I wasn’t ready to let go, but I would never be ready for that, so I walked to his little grave and stood there. My dad offered help to lay him down, but I refused it. It had to be me. I had to be the one who did that. Mine had to be the last hands that touched him. And so they were. I laid him in his grave and covered him completely. And that was goodbye.

Now who’s going to greet me when I get home from work? Who’s going to meow and demand to be loved? Who’s going to purr me to sleep every night? Who will grab my hands with his paws and make me rub his chin? Who’s going to lay on his back and demand to have his belly rubbed?

My cat is gone and this pain is something I had never felt before. I’m bleeding inside, I’m broken, I’m empty and I don’t think this void will ever be filled. He left me alone with the good memories of all we shared together and the times he saved me. We saved each other. Who’s going to save me now? I really hope he’s watching over me.

May I go now?
Do you think the time is right?
May I say good-bye to pain-filled days
and endless lonely nights?
I’ve lived my life and done my best,
an example tried to be.
So can I take that step beyond
and set my spirit free?
I didn’t want to go at first,
I fought with all my might.
But something seems to draw me now
to a warm and loving light.
I want to go. I really do.
It’s difficult to stay.
But I will try as best I can
to live just one more day.
To give you time to care for me
and share your love and fears.
I know you’re sad and afraid,
because I see your tears.
I’ll not be far, I promise that,
and hope you’ll always know
that my spirit will be close to you
wherever you may go.
Thank you so for loving me.
You know I love you, too.
That’s why it’s hard to say good-bye
and end this life with you.
So hold me now just one more time
and let me hear you say,
because you care so much for me,
you’ll let me go today.

Thank you, Gareth, for this poem.

Aníbal

Aníbal

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Pérdida y Vacío

20 Sep

Se me fue Aníbal. Se me fue mi gatico. Mi compañero de 8 años. Mi amigo. Mi bebé. Y yo me pregunto qué hice mal y por qué no pude salvarlo. También me pregunto por qué no pude curarle el dolor o hacer que me doliera a mí y no a él en sus últimas horas.

“Aníbal, miamor, si te tienes que ir, hazlo tranquilo. No te quedes aquí por mí. Gracias por todo. Me salvaste tantas veces. Si ya es hora, ya es hora. No sufras más”. Recuerdo lo que dije porque se lo repetí varias veces. Lo hice mientras sostenía su patica en mi mano. Lo hice mientras le acariciaba su carita. Y él se fue. Sin llanto. En el carro cuando lo estábamos llevando al veterinario para que ayudara a terminar su dolor. Se me murió solito y sin ayuda y cuando noté que ya no se movía, que ya no respiraba, sentí que el alma se me iba del cuerpo. Fue mi grito de dolor más sentido y mi pregunta más estúpida “¿por qué?”. Lo abrazaba, su cuerpecito ya sin vida, y me preguntaba “¿por qué?” sin poderme responder. El veterinario le cerró sus ojitos y confirmó lo que ya sabíamos. Llamé a mi mamá y a mi hermana y les lloré mientras lo seguía cargando. No lo solté. Lo seguí cargando con cuidado de no lastimarlo o sacudirlo, aunque ya nada nunca más lo iba a lastimar o a sacudir.

Y nos fuimos para la finca a enterrarlo al lado de Toño, el perrito de mi hermana, que murió hace dos años y medio. Acaricié a Aníbal todo el camino, le lloré encima y mis lágrimas caían sobre él. Lo besé. Le sostuve la patica. Le hablé. Le seguí diciendo cuánto lo amaba y cuán feliz me había hecho durante ocho años. Llegamos a la finca y mi mamá me pasó una cobija. Lo puse en la cama y lo envolví con cuidado. No lo solté. No lo iba a soltar hasta que llegara el momento definitivo de la despedida. Me senté a esperar a que el hueco quedara cavado y con cada segundo que el hueco se hacía más profundo, más fuerte me dolía y más cercana era la hora de decir adiós para siempre. No lo solté. Le lloré y me sequé las lágrimas con la cobija que lo envolvía. Llegó el momento y mi papá me preguntó si me ayudaba a ponerlo en su tumba. No. Tenía que hacerlo yo. No lo iba a soltar hasta no tener que hacerlo. No lo solté. Caminé y lo deposité en su cuna de tierra con cuidado. Siempre con cuidado. Acomodé la cobija sobre él. Le acomodé las orejas y los bigotes. Lo solté. Lo seguí llorando y mis papás me abrazaron. Me sostuvieron en el momento más duro que me ha tocado vivir. Lloraron conmigo.

Me devolví para la casa ayer. Sin Aníbal. Salí con él y llegué sola. Tenía que estar con Arya y Magnolia y acompañarlas a ellas. Hay dos gatas más, pero la casa se siente vacía. La cama está vacía porque él dormía conmigo siempre. Todas las noches me ronroneaba. Me sigo preguntando ¿por qué? y ahora me pregunto quién me va a saludar cuando llegue del trabajo y quién va a lamer las paredes de la ducha cuando salga de bañarme. Quién va a tomar agua usando la pata en lugar de la lengua como los gatos normales. Quién me va a maullar cuando me demore en acariciarlo. Quién me va a agarrar la mano con las patas para que lo sobe debajo de la cabeza y quién se va a echar patas arriba para que le acaricie la panza. Quién va a jugar con su juguete favorito. Quién va a echarse sobre la ropa que me quite por las noches y quién va a saltarme encima de la nada a pedir amor.

Se me fue mi Aníbal y esto duele como nada me ha dolido en la vida. Se me fue mi gatico y ahora solo me quedan los recuerdos que, por fortuna, son los mejores que uno pueda desear. Los recuerdos de 8 años felices en los que él me salvó y yo lo salvé.

Aníbal.

Aníbal.